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San Cristobal de Aregue (LEONARDO PEREIRA MELÉNDEZ)

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En alguna ocasión Sören Kierkegaard dijo, dando en el clavo, que 'la poesía es un pájaro que se caga en las alambradas'. En San Cristóbal, pequeño caserío perteneciente a la Parroquia Chiquinquirá, a veintiún kilómetros de la población de Aregue, pueblo santo, apesadumbrado, atravesando 'La Tetona', más allá de 'Las Huertas', 'La Mesa', 'La Cruz Verde', 'El Tanquito', más acá de 'Chipororo', queda San Cristóbal, donde tengo enterrado mi ombligo, porque ahí en ese agraciado lugar nació mi madre y nacieron mis abuelos y bisabuelos, comarca donde renace en cada casa y en cada habitante, una palaciega soledad, sempiterna, llena de una infinidad próxima a la nostalgia. Cada vez que puedo vuelvo a San Cristóbal, a conversar con viejos amigos, a ver a mis muertos, a recoger los sueños de mis ancestros, contemplar los gestos paternales que habitan en cada rincón humano, a chinchorrear en el cuarto avejentado y taciturno que Don Alcido Meléndez me da prestado para dormir mis borracheras y desenterrar desteñidos recuerdos juveniles. El calor sofocante, el seco e inevitable mutismo, pastoso que se produce al mediodía, a pleno sol, aliviado en ocasiones bajo la sombra de los selváticos árboles del Centro Social y Deportivo 'La Nigua' de Don Rómulo Timaure, me evoca a Macondo y a José Arcadio Buendía, dando la sensación de estar inmerso en 'Cien años de soledad', la obra cumbre de Gabriel García Márquez. Los cerros, y las colosales quebradas, como la no menos famosa 'Piedra de la peña blanca', que está poco antes de llegar al pueblo, son de una naturaleza indescriptible como lo es el frío que se siente de madrugada. Sus mujeres, como las dos reinas de éste año, beldades y gemelas, tienen sus ojos color almíbar como dos pocitos de aguas encantadas, y tienen el enigma mágico de descifrar el sonido de la lluvia, comprender el canto de los pájaros, y saber qué dice el céfiro a los árboles, de cuyos colores violeta y amarillo queda apresado hasta el más receloso mortal. Los niños descubrieron el secreto de adivinar y deducir los susurros de las abejas y se hacen hombres y mujeres tan rápido, que cuesta creer que el mundo se escape de la realidad. Quien va y conoce a San Cristóbal por vez primera, se ceba, y regresa siempre. Don Felipe Piña, notable empresario caroreño, una tarde fue a visitar a esas adyacentes tierras, madre de hombres de trabajo, honestos, valerosos como Don Damián Pereira Almao, ya tributario de la tierra; como Don Ciriaco Almao, criador, ganadero, agricultor, amante de las buenas costumbres y fiel creyente del Divino Niño de Atocha, y se encabritó tanto que tiene dieciséis años que compró una patriarcal casa donde de cuando en cuando va a rejuvenecerse. San Cristóbal no sólo es un pedazo de cielo de muchos hijos trabajadores. Es un pedazo de tierra, con hombres y mujeres, que lloran y ríen, que levantan sus voces para reclamar el olvido del tiempo. El hombre cuando crece se somete a la sociedad en su afán de hacer riqueza, encontrando en su peregrinar sólo amargura y desencanto. Pero si busca la alianza y la felicidad de sus semejantes, encontrará, más temprano que tarde, el sentido de la vida. Confieso que he visitado muchos lugares, y nunca he encontrado nada tan hermoso, místico y religioso como el pueblo de mis antepasados. Por eso, y con motivo de los días festivos que acaban de pasar, sugiero no olvidar nunca nuestras raíces, y unirnos siempre, para requerirles a los gobiernos municipales de turno, mejoras para nuestro lar nativo. A través de ésta crónica volandera, quiero rendirles tributo a los organizadores de las fiestas patronales del caserío San Cristóbal, a su gente, tan amables como altruistas, y rememorar aquella linda morena de rostro angelical y ojos almendrados, cuya sonrisa guardo con celo en el baúl de los recuerdos.

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Enviado por leope31 - 16/03/2009 ir arriba


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