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El hombre que me mató verdaderamente era sublime en su delirio. Un día cogió el cuchillo, la ballesta. Se puso las botas militares. Se dirigió colina arriba hacia mi casa.
Al llegar hojeó uno de mis libros. El de mis mejores poesías. En el que hablaba de:
atardeceres dudosos
huéspedes sobre la paja
delirios obnubilados
señuelos inspiradores
pobres soñadores bajo el sol
mujeres heroínas de otro tiempo
piratas y aventuras sobre el océano
locos que se dirigen al patíbulo
charlas sobre literatura
vino y rosas y lagrimas
noches desiertas en la arena
desiertos rojos
lunas rojas
nuestro nuevo hogar
y mas...
Cuando terminó de hojearlo, dirigió su mirada a la chimenea.
Allí estaba el atizador metálico. En aquel momento lo decidió. Lo haré con él.
Cuando regresé abrí la puerta y lo encontré de frente.
Me propinó un golpe fuerte y certero justo en mi frente.
En el suelo me revolvía entre la sangre y el pavor que sentía.
Estaba más solo que nunca frente a la muerte.
Tanto pensar como sería y al final fue así.
Logré llegar hasta la mesa a gatas y cogí mi libro.
Lo abrazé junto a mi pecho. Y poco a poco se me fueron quitando las ganas de respirar.
Justo en ese momento lo comprendí todo.
El llanto del niño recién nacido, la sonrisa de la madre.
El devenir de mi vida junto a mis hermanos.
Mi madre.
Y la despedida de mi padre.
Me dormí y después solo recuerdo a mi padre dirigiéndose a mí.
Con los brazos abiertos.
Como si viniera a abrazarme, de nuevo.....
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