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Una leyenda viviente en Los Cardales
Era un domingo después de la acostumbrada siesta en que casi me ataban a la cama para que duerma. Los pocos peones que quedaban en la estancia se entretenían arreglando riendas, maneas, lazos y todos los enseres que se utilizan en el campo. Juan Caezán “tuzaba”, como le decían los paisanos, la crin de su caballo alazán llamado “Pericote”.
No estaba Don Roque que se había ido al hipódromo a despuntar su vicio por las carreras. Todos sabíamos que volvería diciendo su famoso dicho: “Toda la vida perdí plata en caballos lentos y… mujeres ligeras”. No era de él, sin embargo lo repetía siempre.
Pero existía en mí una tremenda expectativa. Armando estaba ensillando el sulky y yo estaba invitado para ir a Cardales al Bar Di Yorio. Toda una aventura. En el Bar de Di Yorio había uno de los máximos adelantos de la época: Un televisor.
Con mi hermano pensábamos ver, nada más ni nada menos, que a Martín Karadagian arriesgando su título de campeón mundial de lucha libre frente a… “El Hombre Invisible”.
Si. Titanes en el Ring se había convertido en un programa popular. Sus personajes: El Caballero Rojo, La Momia, El Gitano Ivanoff, Rubén Peuchele y tantos otros, eran los ídolos de niños y grandes.
Llegamos con tiempo. Armando ubicó al “Ñato” cerca de los pastizales, frente a la estación. Aquel caballo, que tanto recuerdo, casi formaba parte de la familia, como “Coral”, el perro, que fue mi andador para aprender a caminar.
Entramos al Bar de Di Yorio y mi corazón palpitaba emocionado. No me alcanzaban los ojos para observar todo lo que existía a mí alrededor.
-Cerrá la boca, Gurí, te van a entrar las moscas -dijo mi hermano con una sonrisa.
En verdad lo miré asombrado pero después me dí cuenta que de sorprendido abría la boca grandota y entresacaba la lengua ridículamente.
Uno de los Di Yorio, recuerdo su cabeza colorada, encendió el televisor. Comenzó el espectáculo.
Martín Karadagian, que era mi ídolo por supuesto, se retorcía de dolor recibiendo los golpes de… ¿el hombre invisible? Y si. Todos lo creíamos o no, pero estábamos ahí. Pendientes. Expectantes. Ganó el campeón del mundo. Dos personas subieron al Ring y envolvieron en un sobretodo al casi desmayado contrincante. Vaya a saber como, pero se las ingeniaron en esa época para darle forma humana a la vestimenta. Lo llevaban de los “brazos”. Luego hubo más lucha, también intensa e interesante.
Recuerdo hoy, con una sonrisa, la cara de aquellos espectadores que fuimos.
Algunos arrojaban golpes al aire y hacían movimientos como si hubieran sido parte de las escenas. Otros gritaban. Otros saltaban y hasta se abrazaban cuando su luchador favorito realizaba una acción meritoria.
En los intervalos, lógicamente, pasaban las tandas publicitarias. Una de las más repetidas era de una marca de cigarrillos (Cuando no el veneno auspiciando un deporte). De tanto verla uno de los parroquianos dijo:
-¡Cómo debe tener los pulmones el tipo ese!, miren que no acabó de tirar un cigarrillo y encendió otro.
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