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Diario Íntimo (Sergio Arévalo Luna,)

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En estival crepúsculo zarpó la crepitante
blanca nave dejando su estela sobre el mar,
como una grácil novia que arrastrara sus tules
sobre ondulante alfombra llena de majestad.
En la afilada prora quebráronse las olas
y de las chimeneas surgió el humo de la paz
de la noche sombría, hacia la curva estéril
de la costa, perdida en la insondable oscuridad.
¡Oh la fosforescencia de las horas del trópico!
¡Oh las naves que cruzan el misterio del mar!
Como ánimas perdidas en las sombras inertes
que se acercan, se miran y no se encuentran más!
¡Oh! la nave que zarpa de la tierra propicia
como leve gaviota que se pierde en el mar
y los blancos pañuelos que aletean inquietos
desde la orilla como si quisieran volar
y mueren en la vaga diafanidad marina
mientras las olas dicen, al contacto fugaz
de la prora que avanza majestuosa y serena,
como un lamento funeral:
—¡Ay de los que se quedan!
—¡Ay de los que se van!

Acodado en la prora he recordado todos
los instantes tranquilos de mi infantil edad
la casa vieja, los besos de mi madre,
la aldea abandonada, adormida al tenaz
sollozo lento de las olas, los raquíticos pinos,
la iglesia triste, fría, severa y secular,
los crepúsculos rojos desde el muelle simétrico
los frágiles toñuces del verde toñuzal,
los pescadores indios, inocentes y buenos,
todas mis ilusiones ingenuas, idas ya . . .

He recordado el soplo trágico de las paracas
que irisaban el mar
y pintaban con su polvo amarillo
la ciudad;
y las ringleras de las aves marinas
que iban en pos de nido bajo el cielo estival
tomando al sur en los atardeceres;
la pareja de bueyes que guiaba el gañán,
cuando sonaba en la campana el Angelus
y el sol se hundía lentamente en su dorada agonía crepuscular.
Y he llorado una lágrima
por todo eso que no volverá:
—¡Ay de los que se quedan!
—¡Ay de los que se van!

He visto los prodigios
de una civilización colosal.
Grandes ciudades rebosantes, geométricos jardines,
enmohecidos bronces, palacios de mármol secular,
nobles lienzos donde magnates llenos de pompa vana
y damas gráciles de adorable rostro, que esfumándose
van en la pátina negra del tiempo
como cadáveres sonriendo en una semivida real;
a toda la Humanidad:
mujeres cadavéricas, hombres exhaustos, huesudas manos,
como en funambulesca danza diabólica pasar,
bocas bermejas de metálicos dientes
sonriendo entre las luces.. .
¡Oh máscaras de un triste carnaval!...
Con los ojos profundos
entre pieles australes,
con vampiros negros,
incrustadas de piedras,
sedientas de besar,
deprimidos carrillos, manos vibrantes,
siempre deseosas de algo más,
ambiguos ojos verdes y divinas sonrisas
llenas de gracia y artificialidad.


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Enviado por yanashi80 - 09/11/2009 ir arriba


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