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Paseo por la calle y en una casa muy grande, con un jardín inmenso a la entrada, veo jugar a cinco niños, cada uno de una nacionalidad distinta: un francés, un alemán, un británico y un italiano. Están estos niños jugando con sus juguetes, pero no son nuevos, están ya algo gastados. Sus padres no tienen ahora mismo mucho dinero para comprarles nuevos juguetes. El padre de uno de su amigos (bueno, son más o menos amigos, pero no mucho, tienen sus diferencias) tiene problemas económicos. Y sus padres eran socios en el negocio. Durante años les ha ido bien, pero ya se sabe, el capitalismo cíclico y sus ciclos.
Los niños quieren jugar, porque no dejan de ser niños. Pero hay otro niño que también quiere jugar pero a quien le han cerrado la puerta de la inmensa casa. El niño a quien no dejan jugar se llama Pepito. De los nombres de los otros niños no he dicho nada, pero son Angelita, Nicolasito, Gordito y Silvito. Imaginación que no falte, como podréis apreciar. Detrás del niño español viene otro, de Estados Unidos. Los niños que están jugando miran con malos ojos a Jorgito: por culpa de su papá, sus padres no pueden comprarles juguetes nuevos. Y eso no les gusta. Aunque mucho menos les gusta compartir lo que tienen con los niños pobres.
Los niños se unen en el jardín para tener más juguetes que Jorgito, que aunque ha perdido muchos de los que tenía, su padre le ha prometido, para no escuchar sus lloros y rabietas más tiempo, comprarle toda una tienda de juguetes, y aunque eso signifique quitarle los juguetes a los demás niños del barrio, al padre de Jorgito no le importa, porque lo va a hacer. Aunque no podrá llevarse todos los juguetes de golpe, es muy probable que si las rabietas de Jorgito duran mucho y los vecinos las escuchan, al final el padre del niño con quien los otros niños compiten por tener más juguetes se los lleve todos. Juanito ha dicho que se unirá a él.
Los niños juegan, sin dejar pasar Pepito. Y Pepito quiere entrar, pero no habla mucho del tema. En su casa, dice Pepito, su papá no tiene mucho mucho mucho dinero, ni lo arregla todo todo todo, pero al menos durante un tiempo no le faltarán los juguetes. Los hijos de los vecinos no terminan de creerle. Pepito y su pequeño grupo de amiguitos dicen que ellos no tienen la culpa de que los padres de los vecinos no puedan comprar más juguetes a sus hijos, que los padres de los Jorgito, en su negocio, aceptaban la palabra de los compradores, y que aunque no tenían dinero, iban a pagar. No han pagado, y se han ido a pique.
La madre de Nicolasito sale al jardín y les sonríe a los niños. Se sienta junto a ellos y comienza a cantar una canción. Los niños se miran entre ellos e intentan escapar, pero no lo consiguen: la madre les retiene. Pepito se queda mirándolos desde la verja, de donde no puede pasar. A pesar de todo, al menos él sí puede irse y no escuchar a la madre cantar. Se da la vuelta y se marcha, pero lo siguen un grupo de niños, de esos que le quitan a los demás el dinero para la comida o la comida si la llevan encima. Estos niños siempre juegan en el lado derecho de la calle. Pepito camina por el centro, no llega a la izquierda.
Los niños de la derecha, con Pepito, con Marianito, con Manolito y compañía, le dicen que por su culpa los niños que están en la casa pueden jugar con sus juguetes, y seguramente sus padres les comprarán más juguetes pronto, pero que ellos no pueden jugar porque su papá no hace todo lo que puede para que les dejen jugar. Pepito se defiende diciendo que en esa casa no todos los niños pueden entrar, pero el grupo le increpa y le dice que toda la culpa es de su papá, y sólo de su papá. El grupo no quiere que Pepito ponga excusas. El niño estadounidense pasa al lado del grupo y se sonríen entre ellos.
Y así transcurren las horas, los cuatro niños juegan, la madre canta, Pepito no puede jugar, y Jorgito -Juanito le sigue detrás- y el grupo andan por ahí.
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