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Las dificultades de estar fuera de tu tierra...sin nadie a quien recurrir en los momentos más amargos.
Despierto sobresaltada y temblorosa una vez más,por esa horrible pesadilla, que sigue acelerando el ritmo de mi corazón...y de mi vida.
No, no hay forma humana de borrar de mi subconsciente tan duras vivencias.
A pesar de hacer ya treinta años de aquel accidente, aun me persigue en ciertas ocasiones dicha pesadilla.
Como cada día, mis tres hijos salieron de casa con sus mochilas a la espalda a sus respectivos colegios. Me quedé con la pequeña en brazos disponiéndome para darles el desayuno, cuando entró el mayor todo asustado, diciéndome, Mamá, Mamá...a Pablo le ha cogido una moto.
No sé ni como lo hice.Sólo sé que salí escaleras abajo corriendo como una loca...y repitiendo una y otra vez-eso no es nada- para que no se asustaran los hermanos más de lo que ya lo estaban. Era mi manera de querer darles ánimos, ya que no tenían a nadie más a quien recurrir.
Cuando llegué, allí estaba mi hijo tirado en la carretera totalmente inconsciente.
Tengo que creer que es cierto eso de que tenemos un Ángel guardián, que nos ayuda de alguna forma a salir adelante. El que se me presentó a mi en ese momento, ni le conocía ni supe jamás quien era. Sólo sé que nos subió a su coche y nos trasladó al hospital, desapareciendo lo mismo que había llegado.
Me he quedado con las ganas de darle las gracias, al menos.
Mi hijo permaneció en estado de coma cuarenta y ocho horas...por un traumatismo cerebral y tres meses en el hospital. Él afortunadamente se recuperó del todo, pero ami me persiguieron las pesadillas largo tiempo.
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