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Las chicas se esforzaban por dejar el vicio del cigarro. Comentó una de ellas : “Cuando me entran las ganas de fumar, lo que hago es chupar un Salvavidas”. Y dice la otra: “Para ti eso es fácil. Vives cerca de la playa”.
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Dos orientales iban por una calle de Nueva York, y pasaron por una sala de burlesque cuyo anuncio mostraba chicas topless. Como en la puerta se cobraba el derecho de entrada, acordaron que entrara uno de ellos. Si el lugar valía la pena le enviaría un mensaje al otro para que entrara también. Así lo hicieron, y no pasó ni un cuarto de hora cuando el hombre que estaba afuera recibió el mensaje de su compañero. En el papel se leía esto: “61 31 41 + 31 + 41 ¡20!”. De inmediato el tipo se apresuró a entrar. El mesero que había llevado el recado le pregunta lleno de curiosidad: “Perdone, señor: ¿qué dice ese mensaje?”. Responde el otro con su acento oriental: “Dice: ‘Se senta uno; tenta uno; calenta uno. Más tenta uno, más calenta uno. ¡Vente!’”
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El experto en finanzas le dijo al maduro caballero: “Encontré un nuevo instrumento de inversión. En cinco años puede usted duplicar su capital”. “¿Cinco años? -responde el veterano-. Amigo: a mi edad ya ni siquiera los plátanos los compro verdes. No sé si voy a estar vivo cuando maduren”
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En la oficina el office boy le dijo algo al oído a la linda secretaria. Ella se enfureció: “¿Cómo puedes pensar que soy capaz de hacer semejantes cosas?”. Después de breve pausa ella misma contestó: “¡Ah, ya sé! ¡Has estado leyendo mi diario!”
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El marido llegó a la media noche, alcoholizado. En la cama se acercó a su mujer, con intención erótica. “Nada de eso -lo rechazó ella-. Tengo que levantarme a las 6 de la mañana”. Contesta el cínico: “Te prometo que si para esa hora no he terminado, me quito”
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 Un parisino sufrió penas de amor, y decidió enrolarse en la Legión Extranjera. Lo asignaron a un remoto campamento en el desierto arábigo. Le preguntó a uno de sus compañeros: “¿Qué hacen aquí para divertirse los fines de semana?”. “Ya verás” -contesta el legionario con sonrisa equívoca. Llegó el sábado. Por la tarde todos los soldados se bañaron, se afeitaron, vistieron sus mejores ropas, se peinaron cuidadosamente y se pusieron loción. “¿A dónde van?” -le preguntó el recién llegado a su amigo. Responde éste sonriendo con picardía: “Ya verás”. Salieron todos los hombres del campamento y se encaminaron al corral donde los nativos guardaban sus camellas. A una voz todos echaron a correr hacia las bestias. El nuevo legionario se asombró: “¿Por qué se apresuran tanto? -le preguntó a su amigo-. Hay más de 100 camellas, y cuando mucho son 40 legionarios”. “¡Qué! -exclama el veterano-. ¿Y que te toque alguna fea?”
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Un Septuagenario se presentó ante el médico y se quejó de sentir cierta fatiga. Lo interrogó el doctor, y descubrió que el hombre hacía el amor todos los días. “Caso notable el suyo, señor mío -dijo el facultativo-, sobre todo tomando en cuenta que el término ‘septuagenario’ significa la mayoría de las veces ‘alejado del sexo’. Debo decirle, sin embargo, que hacer el amor diariamente puede ser peligroso para un hombre que está en los años setentas de su vida”. “Muy bien, doctor -se resigna el maduro señor-. Esperaré a estar en los ochentas para volverlo a hacer todos los días”.
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El empleado llegó a su casa antes de la hora acostumbrada, y encontró a su mujer en trato de erotismo con el jefe. “¡Qué agradable visita, jefe! -le dice muy contento el tipo al asustado jefe-. ¡Seguramente esto significa que ha decidido usted hacerme socio de la compañía!”
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Aquel proctólogo era muy práctico: siempre tenía preparado otro dedo para el caso de que su paciente quisiera una segunda opinión...
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Un profesionista joven le hizo cierto trabajo a un cliente, pero éste no le pagó los honorarios convenidos. Fueron inútiles las numerosas visitas y llamadas que le hizo para cobrar la cuenta. Por fin, desesperado, el muchacho le envió, para conmoverlo, un correo con la fotografía de sus tres hijitos, y un mensaje que decía: “Éstas son las tres razones por las cuales necesito que me pague”. El moroso deudor respondió con otro mensaje, al cual adjuntaba la foto de una estupenda morena en bikini. Decía el texto: “Y ésta es la razón por la cual no le puedo pagar”...
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En la fiesta un individuo conoció a una linda muchacha. Le dijo: “Me llamo José Noel Casto”. “Mucho gusto -responde con una sonrisa la pizpireta chica-. Yo soy María, Nola Virgen”....
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Aquel sujeto tenía ocho hijos, y estaba muy orgulloso de su capacidad genésica. Tan orgulloso estaba que siempre se refería a su esposa llamándola “madre de 8”. Ella le había pedido que no hiciera eso, pero el tipo insistía. Una noche fueron a una fiesta. Al terminar la reunión el tipo se dirigió a su mujer, y enfrente de todos los invitados le gritó con tono jactancioso: “¡Vámonos, madre de ocho!”. En voz igualmente alta respondió ella: “¡A la hora que digas, padre de seis!”...
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38) “hágalo usted mismo”.
 Aquel señor era partidario del método “hágalo usted mismo”. Con sus propias manos hacía los pequeños arreglos de la casa; reparaba los aparatos que se descomponían; cuidaba del jardín, etcétera. Un día le dio por barnizar todas las cosas de madera que en la casa había. Entre ellas barnizó la tabla del sanitario. Sucedió, por desgracia, que su esposa tuvo necesidad de usar el dicho mueble. Sentose en él sin darse cuenta de que el barniz estaba fresco, y quedó pegada a la tabla. Con ímprobos esfuerzos trató de despegarse: inútiles fueron sus afanes. Llamó con grandes gritos a su esposo, y éste acudió, alarmado. Trató también de liberar a su mujer de aquel inopinado pegamiento, y sus empeños resultaron igualmente vanos. Entonces trajo pinzas y desarmador, y procedió a quitar la susodicha tabla. De la cintura abajo envolvió en una sábana a su esposa y la llevó con un doctor pues pensó que solamente un cirujano de mano diestra y pulso firme podría con algún fino bisturí hacer aquel trabajo de despegue. Llegaron los dos con el facultativo. El señor hizo que la señora se pusiera de espaldas al galeno, y le quitó la sábana. “¿Qué le parece esto, doctor?” -le preguntó señalando las pompas de su esposa y la tabla del sanitario que llevaba pegada Respondió el médico después de breve observación: “Están bastante bien, pero no tanto como para ponerles marco”
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En conocido restorán de la Ciudad de México, el cliente pidió que le retiraran el plato cuando no había probado ni la mitad de lo que en él le habían servido. El mesero le dice con tono de reproche: “No debería usted desperdiciar en esa forma la comida, caballero. La gente se está muriendo de hambre en los aviones”. (Es cierto. Ya puros cacahuates dan, y a veces ni eso)...
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El tipo era un buen hombre. Una gélida mañana invernal, vio a un menesteroso que tiritaba de frío en una esquina. Lleno de compasión se quitó el rico abrigo que llevaba y se lo dio al mendigo. Al día siguiente el tipo pasó otra vez por ahí, y de nuevo vio al pordiosero en mangas de camisa, tiritando. “¡Oiga! -lo reprendió con enojo-. ¡Ayer le regalé mi abrigo para que no tuviera frío! ¿Qué hizo de él?”. “Lo vendí, señor -responde el pedigüeño-. En mi profesión no puede darse uno el lujo de andar bien vestido”
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En el bar una mujer le dijo al cantinero: “Mi matrimonio terminó porque mi esposo y yo teníamos los mismos gustos”. “¿Cómo es eso?” -se extraña el barman. “Sí -confirma la mujer-. A los dos nos gustaban los hombres”
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¿En qué se diferencia ir a pescar de hacer el sexo? Si vas a pescar, y pescas algo, eso es muy bueno. Si haces el amor, y pescas algo, eso es muy malo...
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33) Sección de fotografía
 La jovencita que estaba a cargo de la sección de fotografía en aquella tienda de departamentos se quedó de una pieza cuando un señor muy serio de traje gris y corbata verde botella llegó a su mostrador y de buenas a primeras le dijo eso: “Mi esposa me dejó”. No esperó ninguna respuesta el señor muy serio del traje gris y corbata verde botella. Siguió: “Se fue de la casa para irse con mi mejor amigo. Yo sospechaba desde hacía ya muchos años que algo raro estaba pasando, que ellos se entendían. El primer indicio de su engaño lo tuve cuando al llegar a casa cierto día por la tarde los encontré en la alcoba. Estaban los dos sin ropa, totalmente desnudos y en la cama. Él yacía de espaldas, y ella lo montaba. Pensé entonces que entre ellos había algo más que una simple amistad. Mis recelos se confirmaron una semana después. Volví a encontrarlos en la misma situación, pero en posición distinta. Ahora ella era la que estaba de espaldas sobre el lecho, y él sobre ella, en la tradicional postura llamada ‘del misionero’, que por ser tan ortodoxa y mundialmente conocida no dejaba ya lugar a dudas. Salí de la habitación sin decir nada, pero con la certidumbre de que mi mujer estaba faltando a la fe que con el rostro lleno de inocencia en el altar, y frente al cura de rodillas, me juró”. La muchachita de la tienda oía con asombro aquella desolada relación. “Hace unos días -prosiguió el señor muy serio de traje gris y corbata verde botella-, llegué a mi casa, y mi esposa ya no estaba ahí. La busqué por todas las habitaciones de la casa, incluso ahí a donde nunca iba, la cocina, y no la hallé. Por fin, sobre el buró, encontré un recado. Decía solamente: “Me voy”. ¿Significaba eso que se iba? Así era, por desgracia: abandonó el hogar. Desde entonces vivo en soledad, amable señorita, sin más compañía que la de mis tristes pensamientos”. La muchachita se inquietó. ¿Qué pretendía el señor muy serio del traje gris y corbata verde botella al hacerle el relato de sus penas? “Además -añadió el hombre- sufro de palpitaciones. Por la noche me despierto bañado en sudor frío, y siento que el corazón me va a estallar. También padezco de gastritis, que se agrava cuando tengo problemas en el trabajo. Para colmo, compré zapatos nuevos, y me aprietan terriblemente. Pero lo que más me hace sufrir es la ausencia de mi esposa, y la pérdida de mi mejor amigo”. La muchachita de la sección de fotografía ya no se pudo contener. Le dice al señor muy serio del traje gris y corbata verde botella: “Siento mucho sus desgracias, señor. Pero ¿por qué me cuenta a mí todo eso?”. Contesta el señor muy serio del traje gris y corbata verde botella: “Ahí en la puerta hay un letrero que dice: ‘Revele su rollo’ y eso precisamente estoy haciendo.
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Unas señoras intercambiaban información sobre los métodos anticonceptivos que usaban. Dice una: “Mi marido y yo usamos el método del ritmo, pero con ese método me embarazo rítmicamente”. Dice otra: Yo tomo la píldora, pero me causa trastornos secundarios serios”. Dice la tercera: “Mi esposo y yo usamos el sistema de los platos y la tina”. “¿Cómo es ése?” -preguntan las amigas, intrigadas. Explica ella: “Yo mido 20 centímetros más de estatura que mi marido. Hacemos el amor de pie, subido él sobre una tina para ponerse a mi altura. Cuando veo que los ojos se le van poniendo como platos le doy una patada a la tina, y así nunca me embarazo”.
31) en primer lugar ..por alusiones :
A l que se ha vuelto a introducir con el nombre de vergonzoso ..que de eso tiene mas bien poco ... o para mas claridad bastante desverguenza .. pero ya sabemos TODOS del pie que cojemamos todos...Creoque ya nadie se va a caer de un guindo .. aunque algunos lo aparenten ... pues eso,que antes de descubrir tu clonación yo te respondí en el ánimo de compartir comentarios ...con alguien que parecía llegar de nuevas por acá..., pero visto lo visto e intuido lo intuido ..te diré , que a mi me la repampinfla lo que tu , bajo tu clonaje opines..pues ya te tengo demasiado visto y leido ..
y decirle a paito .. que cuando a alguien se le tache de algo o se le acuse de algo ..lo primero que hay que hacer es dar ejemplo ..de que no se cae en lo mismo de lo que se acusa o señala .. COSA QUE ES TU CASO..
nada mas que compartir por ahora .. ya que algunos se podrian aplicar este dicho SERAS EL ESCLAVO DE TUS PALABRAS Y EL DUEÑO DE TUS SILENCIOS.
hasta la siega.
Chesca
30) ¿es tu primera vez?”.
Un joven sin ciencia de la vida, casó con una, muchacha que sabía hasta latín. La noche de las bodas el ingenuo desposado le preguntó a su flamante mujercita: “Dime: ¿es tu primera vez?”. Respondió ella: “Hoy, sí”...
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El Lord era un flojo de marca. Cierto día lo visitó un amigo. El lord le dijo: “Siento frío en los pies, pero me da flojera subir a mi recámara a traer mis zapatillas. ¿Podrías traérmelas tú?”. Fue el amigo, y en la segunda planta pasó por la recámara de las dos hermanas del Lord, solteras algo maduras ya las dos, pero muy guapas. Tenían la puerta de su cuarto abierta, y estaban en ropas muy menores. Les dice el individuo: “Su hermano sufre porque a ustedes se les va yendo la juventud sin haber oído un ‘te quiero’. Me pidió que subiera a hacerles el amor”. “¡No es posible!” -se asombran ellas. “Claro que sí -responde el tipo-. Esperen”. Se asoma por la barandilla de la escalera y le pregunta a lord: “¿Las dos?”. El lord, que esperaba con ansiedad sus zapatillas, le responde, impaciente: “¡Claro que las dos, idiota!”. “¿Lo ven?” -les dice triunfalmente el amigo a las hermanas.
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El galán, fue a confesarle sus pecados al padre. “Me acuso -le dice- de haber estado con mujer casada, y haber practicado con ella un frotamiento lúbrico”. “Te conozco bien -le dice con severidad el sacerdote-, y sé que ya no necesitas practicar. Deberás rezar 100 credos, y poner 100 pesos en el cepo de la limosna para los pobres. Tal es la penitencia que suelo imponer por el pecado de adulterio”. “¡Pero si nada más froté, padre! -protesta el penitente-. ¡Nada introduje!”. “Frotar es lo mismo que introducir” -replica el padre, enérgico. Salió mohíno el galán del confesionario, y fue a cumplir la penitencia. El sacerdote, que lo siguió con mirada vigilante, se dirigió a él lleno de enojo. “¡Te vi! -le dice-. ¡No introdujiste el billete en el cepo! ¡Nada más lo frotaste!”. Responde, el galán “Frotar es lo mismo que introducir”
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La madura esposa le pregunta a su marido: “Dime sinceramente, Capronio: ¿qué edad aparento?”. “Bueno -contesta él-. A juzgar por tu cara, 20 años. A juzgar por tu busto, 25. Mirando tus caderas, 23. Viendo tus piernas, 18...”. Exclama la señora, halagada: “¡Adulador!”. “Espera -dice el tipo-. Todavía me falta sumar”
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El niñito marciano le pide a su mamá: “Termina ya de hacerme el sandwich, mami, o llegaré tarde al colegio”. Responde la mamá marciana: “No me apresures. Nada más tengo ocho manos”
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Un viejo fue al mercado del pueblo y compró un pollito de pelea. De regreso a su granja debía ir en autobús, pero no permitían llevar animales, de modo que se metió el pollito abajo del pantalón. A la mitad del viaje el pollito empezó a piar. El viejo se había dormido, de modo que no oyó el insistente pío pío. Una monjita que iba sentada a su lado lo mueve para despertarlo, y le dice muy preocupada, y poniéndose muy roja: “Perdone que lo haya despertado, señor, pero creo que se le rompió un huevito”.
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Aquel hombre fue con su esposa a Las Vegas, y vio el show del mago más grande del mundo. Uno de los trucos fue verdaderamente espectacular: el mago desapareció un elefante. Al terminar la función el tipo buscó al mago y le dijo con admiración: “¡El truco del elefante es sensacional! ¿Cómo lo hace?”. “Puedo revelarle el secreto -respondió el mago esbozando una sonrisa aviesa-, pero si se lo digo tendré que matarlo enseguida, pues aparte de mí ningún ser viviente debe conocer el secreto de ese truco”. Al oír eso el tipo llamó a su esposa: “Ven, vieja. El mago te va a revelar un secreto”.
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Un señor fue al súper a buscar ciertos muslos de pollo que le había encargado su señora. “Pero que te los den bien grandes -le advirtió ella-, pues a veces los venden muy pequeños”. En el departamento de carnicería la encargada le mostró al cliente un paquete de muslos. “Están muy chicos -dijo el señor-. A mí me gustan grandes”. Responde la muchacha: “Déjeme ver si adentro hay otros de mayor tamaño”. Tardó en volver, y el señor fue a buscar otras cosas que necesitaba. Salió por fin la chica, y no lo vio. Poco después se escuchó en toda la tienda una voz de mujer que dijo por el sistema de sonido: “El señor al que le gustan los muslos grandes, favor de encontrarme al final del corredor número 2”.
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La esposa del preso fue con el director del reclusorio y le reclamó, furiosa: “¡Exijo que le dé a mi marido un trabajo más ligero! ¡Si no lo hace, acudiré ante la Comisión de Derechos Humanos y presentaré una queja contra usted por abuso de autoridad y malos tratos!”. El director se desconcertó. “¿Un trabajo más ligero para su marido? -preguntó extrañado-. Pero, señora, su esposo no hace nada. Está siempre en su celda”. “¡No trate de engañarme! -replica la mujer hecha un basilisco-. ¡El pobre me dice que toda la noche se la pasa haciendo un túnel!”.
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 Una, dama de la alta sociedad, sacó a pasear a Miss Poopy Kate, su finísima perrita poodle. Apareció de pronto un enorme perro callejero que sin más ni más trepó sobre la perrita y empezó a hacer lo que los perros hacen cuando trepan sobre las perritas. A Miss Poopy Kate no pareció desagradarle aquello, pero la dama se mortificó bastante, pues llevaba por la correa a la perrita, y de pronto no supo qué hacer en ese trance. ¿Debía volver la vista hacia otra parte y hacer como que nada sucedía? ¿Debía canturrear en voz baja el Bolero de Ravel a fin de ponerle música a aquel acto amoroso? Desconcertada estaba la señora. En eso, venturosamente, Pepito pasó por ahí. “Buen niño -lo llamó la dama-. Te daré 5 pesos si detienes por la correa a mi perrita mientras ese incivil can, que al parecer no tiene conciencia alguna del decoro y el pudor, acaba de hacer lo que está haciendo”. “Tendrá usted que darme 10 -contesta Pepito-. Es el perro del carnicero, y siempre dobletea”.
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