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En las fiestas de Semana Santa, miles de personas acuden a los distintos actos que se celebran tanto en las calles cómo en los oficios dentro del recinto de la Iglesia. Los creyentes de toda la vida simplemente creen y no se preguntan a sí mismos qué es lo que creen en definitiva.
Veo más claro que nunca, que nosotros los hombres a menudo no nos conocemos a nosotros mismos, simplemente actuamos sin cuestionarnos. Al fin y al cabo yo era espiritualmente perezoso. Aunque quería seguir a Jesús de Nazaret no era consecuente con ello, porque no conducía mi vida orientándola a lo que enseñó Jesús. Sí que de vez en cuando encontré en los evangelios que el Espíritu de Dios está en mí, pero seguí tan ciego como antes a pesar de los estudios teológicos y de muchos años de párroco en una Iglesia.
Permanecía ciego, sin medida propia. Claro que después de algunas reflexiones pude llegar a conclusiones cómo que las enseñanzas de la Iglesia que eran ante todo “los dogmas y las costumbres o tradiciones”, me ponían muy triste y más tarde comprendí que no coincidían con las verdaderas enseñanzas que Jesús nos enseñó, pues El nos hizo ver que nosotros- cada hombre- somos el templo de Dios- y que el Espíritu de Dios vive en el interior de cada uno de nosotros; que Jesús, el Cristo, no impuso sacerdote alguno, ni tampoco Jerarquía eclesiástica alguna, y que El ni iba a la Iglesia, ni creo ninguna Iglesia. Estas experiencias internas me ayudaron a indagar en mi mismo y a reconocer paso a paso que el camino que la Iglesia nos ha trazado y sigue trazando es llevar al pueblo a una tradición que le impide a las personas ir a su interior y reconocerse ahí con su Padre, Dios.
La Iglesia no sólo no ha despertado ésta unión directa con Dios, no sólo no la ha mantenido viva y la ha fomentado, sino que sistemáticamente la ha impedido.
Entre cada hombre y Dios se ha interpuesto la misma institución de la Iglesia, sus credos, dogmas, distintas teologías, ritos, tradiciones, sus, al parecer, imprescindibles sacramentos, sus supuestos mediadores, los párrocos, sacerdotes y para colmo el supuesto representante de Cristo en la tierra.
Me costó varios años comprender y sentir que no rompía con Dios si rompía con la Iglesia, con sus jerarquías y con mi sacerdocio, puesto que a consecuencia de todo esto ya no es posible sentir ni captar. Parece una contradicción, pero es una realidad que todo esto lo que hace en definitiva es apartarnos de Dios mismo, de nuestro Padre, El mismo que no se ata a institución alguna, que no se puede encerrar en una urna, que es el Creador de toda forma de vida y que está más cerca de nosotros que nuestro propio aliento.
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