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Dedicado a un buen amigo 'muleta emocional' que me supone magnífico apoyo.
Persona brillante, cuya conversación me inspiró estos pensamientos.
Traviata
En cierta ocasión tuve la oportunidad de escuchar a un eminente doctor (catedrático de traumatología) que, en amigable conversación con un colega, le relataba a éste el consejo que en su día diese a uno de sus pacientes recién operado de cadera.
El consejo era simple, tanto como eficaz. Debía usar muletas, pero ante su manifiesto rechazo, le argumentaba para convencerle, diciendo que el uso de muletas, en realidad, es muy práctico, porque sirven para que las demás personas , de algún modo, nos tengan ciertas atenciones, como cedernos el paso o un asiento en un momento dado.
Sus palabras, finalmente, vinieron a decir algo así como...'por lo menos, te evitan tropezones , porque la gente siempre les abre paso...'
Por lo que a mi respecta, pienso que me molesta el uso de las muletas. No tanto por demostrar la incapacidad física, como por la auténtica molestia que me supone su uso. Llevar muletas, aunque solo sea una a modo de bastón, me condiciona el uso de una mano completa. Y merma mis condiciones mas que la inestabilidad del equilibrio que mi enfermedad me implica. Prefiero detenerme en un momento dado y buscar cualquier punto de apoyo, que limitar mis condiciones de tal modo que tenga que prescindir del 50 % de mis posibilidades manuales en el deambular del día a día.
Supongo es cuestión de elegir. Hay quienes gustan de que su prójimo les atienda en todo momento, (con mas o menos ganas) Dependen de los demás. Y les gusta tener su atención, sin importarles si los demás tienen y quieren dedicarles esas atenciones. Yo lo veo como una forma de egoísmo. Puede que inconsciente, pero egoísmo al fin al cabo.
Existen, no obstante, otros tipos de “muletas”en las que sí me gusta apoyarme. De hecho, me considero una de ellas. Son las invisibles. Esas en las que apoyarse sin tener que acarrearlas... ¿ o quizás . . .si? Me refiero a los apoyos de los seres queridos y que nos quieren.
Nos ayudan a soportar las incapacidades emocionales, y no ocupan espacio, pero, bien pensado, también limitan de algún modo nuestra libertad de acción. Porque dependemos de ellas. Y a veces, no se puede evitar tener que atenderlas en momentos en los que, por alguna razón, desearíamos no tener que hacerlo.
Como pasa con las muletas de verdad. Por ejemplo, uno va por la calle y, en un momento dado tenemos que coger algo que se nos entrega, y que debemos portar. Nos hallamos, por un lado, con el bolso cargado al hombro, las bolsas o paquete que debemos cargar, y en la mano derecha, la muleta... ¡que situación...! Claro, si el paquete a transportar es fácil de llevar, podemos cogerlo en la otra mano, si tiene asas, pero si no las tiene y sus dimensiones son grandes, la cosa se complica... o si tiene peso... entonces ya realmente se pone fea.
Una no sabe muy bien como organizarse. En esos casos, yo terminaría por distribuir las cargas, incluyendo en ellas la muleta , para no verme dominada por la situación, y así poder llegar a mi destino con todo a cuestas. (muleta incluida) .
Pero eso si, tenía razón aquel doctor. Sin duda, la gente nos abriría paso... ¿o quizás,...tampoco?
Bueno, eso en cuanto a las muletas físicas. Pero... ¿y las emocionales? Cuantas veces, alguien que dice venir a atendernos pasa a ser atendido por nosotros 'los débiles' ?Nos convertimos en el soporte de aquellos que venían a , supuestamente, servirnos de apoyo.
Que complejo resulta todo, ¿no? Me temo que me estoy haciendo un lío... o tal vez no.
Bien pensado , llego a la conclusión de que lo mejor es que cada cual decida por si mismo. Que no debemos recomendar el uso de muletas a nadie, porque cada persona se apoya en todo momento en donde le viene al paso según la circunstancia.
Que las muletas que para unos son tan útiles y necesarias, pueden llegar a ser un estorbo en otros casos. Y que, cuando se tienen las manos libres, no importa llevarlas, pero si las manos están ocupadas... habrá que pensárselo antes de decidir cargar con ellas.
Y sobre todo, que debemos aceptar que, cuando no se puede andar sin ellas, y tampoco estamos dispuestos a soportar la incomodidad que su uso nos proporciona, tal vez debemos asumir nuestra situación valorándola bien, y decidir si preferimos ir tambaleándonos, pero libres, o permanecer quietitos en casa, acomodados en nuestras imposibilidades.
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