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El toro fue en la Historia el símbolo o mito de la fuerza, del poder generador y por tanto de la vida.
En la lidia han querido varios reconocer algunas facetas del carácter español, porque se trata (dicen) de una representación del valor y gallardía de la raza. Asimismo, como una reminiscencia de las costumbres caballerescas, exaltación desmedida del heroísmo y desprecio a la muerte.
Hay otros que aseguran, qué los pueblos hispanos aman la fiesta con el sentido racial de aquellos lejanos pueblos de la Bética, tan valientes ellos, en cuyas plazas se sacrificaban toros por motivos tan sutiles cómo festejar a la más bella, no al doncel más hermoso, claro.
Quién comparó a la Península Ibérica a una piel de toro extendida, no pensó en un signo gráfico sino que quiso expresar que servía de arcatifa a un pueblo bravo y rebelde, noble y amante de conquistas. Este nuestro territorio es la arcatifa maravillosa para valorar por cielos de aventura, del quijotismo, generoso, pronto al sacrificio por un ideal... Encabezamiento de un artículo leído hace años en un diario local, siento no recordar al autor, dónde se intentaba embellecer con palabras rimbombantes tan sangriento y desagradable festejo.
El toro en las dehesas no atacan al hombre, sino cuando se les hostiga, o después de un prolongado cautiverio en el estrecho toril. Sin la compañía de los individuos de su especie que puedan calmar sus rigores excitados por la soledad, es natural que el bárbaro coraje trueque la nobleza de su carácter en una vorágine de feroces acometidas, contra la forma fantasmal del sujeto que oprime su libertad.
La ciega valentía en el animal más bravo y noble de la tierra, por la conciencia que le da su fortaleza, es arcilla maleable en manos de su engañoso asesino.
Es terrible de ver la gallarda estampa del toro, caer de rodillas y rodar ensangrentado por la arena, a los pies de un hombre, vestido de seda y oro, que reclama honorarios fabulosos y aplausos de la plebe..., mientras que de forma impune y armado de una espada, mata y no siempre limpiamente (traspasándoles en muchos casos los pulmones o por degüello, provocando un espantoso final entre vómitos de sangre) a su pobre victima, ya muy debilitado por la Suerte de Picas, que le ha desgarrado el lomo, y acorralado por la cuadrilla de peones, sus ojos se vacían de todo vestigio de paz, que tanto gusta a los poetas rimar en versos, de toritos enamorados de la Luna.
(Quisiera que alguien me explicara dónde está la belleza de tan espeluznante espectáculo que tenemos, dicen, como Fiesta Nacional).
Cómo juzgan los moralistas llamados católicos las corridas de toros
(No pongo ni quito letra)
(1) Ramón Pérez de Ayala: Aquí impera o debe imperar, ante todo la ética caballeresca del honor.
(2) P. Royo Marín: En cuanto a las corridas de toros nos parece que pueden justificarse sin esfuerzo ante la teología moral. El honesto esparcimiento del hombre parece razón suficiente para permitir la relativa crueldad que se ejerce sobre el toro...
CONTESTO:
(1) En efecto no se debe olvidar, ya que somos seres racionales, que estamos obligados a la misericordia hacia todas las especies animales, aun con las más fieras, porque a ello obliga el natural instinto intelectual.¡Ética caballeresca!
(2) En el orden religioso, se considera pecado grave el hecho de exponerse por dinero, con peligro próximo o posible de muerte, excitando a las fieras. Por otra parte acto incluido entre las formas de suicidio. ¿Honesto esparcimiento del hombre?
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