Eran dos. Durante esas noches escondidas, inexistentes para el resto del mundo eran sólo dos. Y los dos deseaban esas noches y los dos las buscaban.
El problema radicaba en la mañana que seguía a esas noches. Con el día llegaba la realidad y lo correcto, y desaparecía la noche anterior. Con la realidad eran cuatro. O dos y dos, mejor dicho, porque no había nada que los uniera.
No eran grandes amigos, ni vecinos, ni estudiaban lo mismo ni tenían nada en común. Tampoco se ayudaban mucho. En realidad ninguno de los dos solía necesitar ayuda nunca. Era complicado decir qué hacía a la gente pensar en ellos juntos. Qué hacía que todo el mundo al nombrarlos los llevara de la mano, que él siempre pusiera el dinero de ella o que ella siempre fuera la encargada de llamarlo a él. Supongo que el sexto sentido hace saber esas cosas. Al fin y al cabo, todos se preguntaban por qué ella cambiaba las sábanas tan poco.
Una historia maravillosa como pocas he conocido. No hubo rosas ni aniversarios. Ni, por supuesto, relación alguna. Pero sí hubo canciones y un paseo. Uno sólo. De noche.
Sin embargo, y a pesar de que algo que no ha tenido un comienzo no puede tener fin, acabó. En el momento en que uno de los dos no notó la falta del otro, cuando la realidad cambió de color y se volvió aceptable, las noches ocultas perdieron su razón de ser. Ya no hacía falta vía de escape ni nadie que completara de noche las carencias del día. Y acabó. Sin aviso previo, como un corazón que va aflojando el ritmo hasta que deja de latir.
En un tira y afloja como este aunque ninguno de los dos gane, siempre hay uno que pierde.
¿y quién pierde?
El que se enamora.
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