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El Príncipe Feliz |
Oscar Wilde |
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En lo alto de la ciudad, sobre una elevada columna, se erguía la estatua del príncipe feliz. Estaba enteramente recubierta de finas láminas de oro, sus ojos eran dos brillantes zafiros y un gran rubí destellaba en la empuñadura de su espada.
Una noche voló sobre la ciudad una pequeña golondrina:
-¿Dónde me hospedaré esta noche? -se dijo- Espero que la ciudad haya hecho preparativos.
Entonces vió la estatua sobre la elevada columna.
-Me hospedaré allí-exclamó- es una excelente ubicación con mucho aire.
De manera que se posó entre los pies del príncipe feliz.
-Tengo recámara de oro –musitó mientras miraba en derredor, y se dispuso a dormir; pero en el momento en que estaba poniendo su cabeza bajo el ala, cayó sobre ella una gruesa gota de agua.
-¡Qué cosa curiosa! –exclamó- No hay una sola nube en el cielo y las estrellas se ven claras y brillantes, y sin embargo esta lloviendo.
Entonces cayó otra gota.
-¿De qué sirve una estatua si no puede guarecer contra la lluvia? –dijo- debo buscar un buen sombrerete de chimenea.
Y decidió partir. Pero antes de que desplegara las alas, cayó una tercera gota, miró hacia arriba, y vió: ¡ah! ¿qué fue lo que vió? Los ojos del príncipe feliz rebosaban de lágrimas, y más lágrimas se deslizaban por sus mejillas doradas.
Su rostro lucía tan hermoso a la luz de la luna que la pequeña golondrina se vió embargada por la emoción.
-¿Quién eres? –dijo.
-Soy el príncipe feliz.
-¿Por qué lloras, entonces? –preguntó la golondrina- me has empapado.
--cuando estaba vivo y tenía un corazón humano –respondió la estatua- no sabía qué cosa eran las lágrimas, pues vivía en un palacio donde no se permite la entrada al pesar. De día jugaba con mi compañero en el jardín, y de noche conducía el baile en el gran salón. Un alto muro cercaba el jardín, pero nunca sentí deseos de preguntar qué había del otro lado: todo lo que me rodeaba era tan hermoso. Mis cortesanos me llamaban el príncipe feliz y de hecho así era, si es que el placer es felicidad. Así viví, y así morí. Y ahora que estoy muerto me han puesto aquí, tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón es de plomo no puedo sino llorar.
Lejos de aquí –continuó la estatua en voz baja- lejos de aquí en una callejuela hay una casa pobre. Una de las ventanas está abierta, y en ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro es delgado y sufrido, y sus manos toscas y enrojecidas están llenas de pinchaduras, pues es costurera.
Está bordando pasionarias sobre un vestido de satén para la más bella de las damas de honor de la reina, quien lo lucirá en el próximo baile de la corte.
Sobre un lecho en un rincón de la habitación yace enfermo su pequeño hijo. Tiene fiebre, y pide naranjas. Su madre sólo tiene para darle agua del río, y el niño llora.
Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿no le llevarías el rubí de mi empuñadura? Mis pies están clavados a este pedestal y no me puedo mover.
-Me esperan en egipto, –dijo la golondrina.- mis amigos vuelan a lo largo del nilo y conversan con las grandes flores de loto.
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| Enviado por Juan Carlos Cid. (06/09/2005) |
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06/09/2005 |
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6.2/10 |
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| CITA |
La meta es partir. (Guiseppe Ungaretti) (Citas)
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