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Lo primero que debemos hacer, cuando estamos ante el sufrimiento y la inseguridad, es aceptarlos como tales. No podemos tratarlos como algo que no nos concierne, ni transformarlos en un castigo que satisfaga nuestro eterno sentimiento de culpa. En los escombros del World Trade Center se encontraban personas como nosotros, que se sentían seguras o infelices, realizadas o luchando para crecer, con familia que las esperaba en casa, o desesperadas por la soledad de la gran ciudad. Eran americanos, ingleses, alemanes, brasileños, japoneses, gentes de todos los rincones del mundo unidas por el destino común -y misterioso- de encontrarse a las 09h00 en un mismo lugar, que era bonito para algunos, y opresivo para otros. Cuando las dos torres se desplomaron, no fueron solamente esas personas las que murieron: todos nosotros morimos un poco y el mundo entero se empequeñeció.
Hace algunos años, en el Japón, un grupo de estudiantes de budismo Zen estaba en una casa de campo, cuando llegó el casero contando una tragedia que acababa de suceder en las cercanías: se había incendiado una casa, dejando a una madre y a una hija sin techo. Inmediatamente una de las estudiantes inició una colecta para ayudar a la familia a reconstruir su casa.
Entre los presentes se encontraba un escritor pobre, y la chica decidió no pedirle nada. "¡Un momento!", dijo el escritor, cuando ella pasaba de largo, "yo también quiero dar algo". Durante el minuto siguiente, escribió en un papel lo que había pasado y lo colocó dentro del poste que estaba siendo usado para recaudar el dinero: "Quiero dar a todos esta tragedia. Que ella sea siempre recordada cuando pensemos en los pequeños incidentes de nuestras vidas".
En el caso de los atentados del día 11 de septiembre, creo que recibimos otras cosas además de este sentimiento -aceptar que, por mala que sea, nuestra vida es mucho mejor que la de la mayoría de los seres humanos. Por más difícil que sea aceptar lo que sucedió, es preciso entender que momentos como ese nos ofrecen la posibilidad de un cambio radical en nuestro comportamiento.
Cuando estamos ante una gran pérdida, sea ella material, espiritual o psicológica, no sirve de nada intentar recuperar lo que ya se fue. Por otro lado, un gran espacio queda abierto en nuestras vidas y está allí, vacío, esperando ser llenado con algo nuevo. En el momento de la pérdida, por más contradictorio que parezca, estamos ganando una gran porción de libertad. En vez de llenar ese espacio vacío con dolor y amargura, existen otras maneras de encarar el mundo.
En primer lugar, tenemos que recordar la gran lección de los sabios: la paciencia, la certeza de que todo es provisorio en esta vida. Partiendo de ahí, vamos entonces a rever nuestros valores: si durante muchos años el
mundo no volverá a ser un lugar seguro, porqué no usar ese súbito cambio y arriesgar nuestros días en las cosas que siempre hemos deseado hacer, pero para las que no teníamos el valor, ya que creíamos que era necesario seguir "un ritmo normal de vida", puesto que todo estaba bajo control. ¿Cuántas personas, en aquella mañana del 11 de septiembre, estaban en el World Trade Center contra su propia voluntad, intentando seguir un camino que no era el
de ellas, haciendo un trabajo que no les gustaba, solo porque aquel era un lugar seguro, y podía garantizar el dinero suficiente para la jubilación y la vejez?
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