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Sarah |
Harmonie Botella |
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Fuiste creciendo al igual que un torbellino. Te pasabas la vida escalando mesas, sofás, estanterías, chimenea… Tu ascensión preferida era la de abrir los cajones de la cocina para utilizarlos como escalera y alcanzar los armarios superiores donde se guardan las pastas, los fideos. Tu mejor festín…
Un día mientras me arreglaba para llevarte a la guardería, te subiste a la mesita de mármol del jardín. La mesa balanceó y cayó…sobre tu frágil cuerpecito. Menos mal que no te hiciste daño…la mesa de mármol por su parte se rompió en tres pedazos. Creo que siempre tuviste un buen ángel de la guarda para salvarte de tus trastadas.
Nunca pude adivinar los motivos de tus lloros y rabietas todos los fines de semana. Supongo, hoy día, que no querías compartirme con tu hermana mayor y tu padre. Ibamos a pasear todos los sábados por la mañana y no consentías darme la mano. Conseguí basándome en explicaciones y besos que paseáramos cogidas únicamente por el meñique. Siempre estabas enfurruñaba y pataleando. Un día, desesperada, te cogí a la fuerza sobre mis rodillas y te abracé muy fuerte. Te dije que hicieras lo que hicieras yo te seguía queriendo con el mismo amor. Tendrías unos tres años y mis palabras te llegaron hasta el fondo del corazón. Me abrazaste y te pusiste a llorar. Estas frases dieron buenos resultados durante algún tiempo. Tu experiencia en la primera guardería fue catastrófica, llorabas te cogías de mi ropa. Una vez casi me dejas sin falda. Y Yo todas las mañanas me iba amargada hasta que decidí sacarte de ahí y esperar hasta encontrar un sitio donde te estuvieras más a gusto. Tu entrada en el Liceo francés fue una de las peores experiencias de mi vida. Era la misma escena todos los días. Te sentías perdida y yo destrozada hasta que un día tu maestra se dio cuenta y te pidió que la acompañaras, antes de que empezaran las clases, para que le ayudases a ordenar el material. Gracias a tu maestra, Juliette, y tu profesora de castellano, Conchita, salvamos tus primeros años de primaria.
Cuando llegaste a sexto, la rigidez de tus profesores, la crueldad de los alumnos de tu misma edad te impactaron mucho. Odiabas a tu profesora de matemáticas por su falta de pedagogía y venías todos los días cargada de castigos para entregar al día siguiente. Para que tu pudieras dedicarte a tus deberes, muchas veces imité tu escritura y escribía cincuenta o cien veces la misma definición. Una noche que no pude ayudarte a las once de la noche te mandé a la cama sin acabar el castigo y escribí a tu profesora de matemáticas que no podías dedicar tus noches a copiar tantas líneas. Al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: un odio tremendo a esta mujer y al rígido sistema del liceo francés. Tuve que cambiarte de colegio antes de que tuvieras alguna depresión o te negaras a hacer el menor esfuerzo para proseguir tus estudios. Estoy, ahora muy feliz de ver como te gusta tu colegio y como aprecias a tus profesores y compañeros de clase.
Lo único que no he solucionado es tu rebeldía para con nosotros, tus padres. Tendría que volver a cogerte entre mis brazos y decirte que te sigo queriendo igual aunque tu comportamiento hacia nosotros sea tan agresivo y nos duela tanto.
Las relaciones de hijos a padres es una mezcla de amor y odio. Yo solo soñé con la relación de amor, intentando crear un mundo perfecto, un mundo de comunicación para que tu hermana y tú vivierais una niñez y una adolescencia llena de maravillosos recuerdos que os permitiese ser dos adultas realizadas.
Formulo mal mis mensajes y los interpretas aún peor. A veces me veo, a través de tus ojos, como una bruja que te impide vivir una vida alegre y feliz. Todas mis recomendaciones de adulta te llegan como prohibiciones, como castigo. Aunque me empeñe en explicarte que lo que te digo es para ayudarte, no me oyes. No me oyes ni cuando tenemos una conversación normal porque sigues con una idea fija que te impide oír la voz de tu madre. Te pones nerviosa, alzas el tono de tu voz, hago lo mismo …y no hemos conseguido nada, ni tú ni yo.
Ayer fuiste tan agradable, tan cariñosa conmigo que parecías ser otra. Ojalá fueras todos los días así. Ya veremos hoy como llegas del colegio: sonriente o enfurruñada.
Me tocará adaptarme a tus estados de ánimo, repetir los mismos consejos hasta que algún día quieras reconocer que tengo un mínimo de razón. Yo reconozco que a veces tienes razón, pero no es una razón adaptada a tu edad. No te puedo dejar evolucionar como a ti se te antoja. Si no te quisiera, te dejaría vivir tu vida, te abandonaría a tu suerte. Pero te quiero y tengo que ayudarte a ser una adulta responsable de sus actos y con todo un abanico de posibilidades para enfrentarse a las dificultades de la vida.
Yo te perdono porque te quiero. Perdóname mis errores. Los padres no tienen un manual de instrucciones para criar a sus hijos. Están dominados por sus sentimientos, su instinto del bien y del mal. Están guiados por su amor y su experiencia que vosotros no tenéis aún. Siempre se ha dicho que la experiencia de uno no sirve para el otro… pero ayuda.
Lo único que te pido, cuando estés muy enfadada conmigo es recordar que te quiero y te querré toda mi vida.
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| (31/01/2002) |
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31/01/2002 |
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La meta es partir. (Guiseppe Ungaretti) (Citas)
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