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Elecciones en el pueblo |
joaquin piedrabuena |
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| una historia que se repitió siempre. |
Recuerdo una vez, volviendo del boliche de Don Julio, algo que marcó mi corazón.
Eran tiempos de política agitada. Mi padre participaba activamente junto con el “Turco”. Ambos mencionaban seguido el nombre de un tal Arturo Illia. Corría el año 1963.
También sabía que, en secreto, había dos personajes, casi míticos, que representaban un cielo mágico para los trabajadores: Perón y Evita. Sin embargo, noté que existía una prohibición o algo así para hablar libremente de ellos. Siempre escuchaba balbucearlos con añoranza, pero muy solapadamente.
Ese atardecer de domingo el “Ñato” lucía nuevas herraduras, por lo que su trote cansino se marcaba mucho más en el silencio del camino. Don Roque silbaba sus coplas indescifrables y yo pensaba que juego inventaría en la estancia.
De repente de entre los montes de cinacina aparecieron dos jinetes con la cara cubierta por un pañuelo oscuro. Mi alma reconoció el peligro, aun en mi inocencia. Instinto de cachorro de hombre, quizás. Me estremecí.
-¡Hasta aquí llegaste… viejo Roque!... ¡tenemos que ajustarte la cincha para que no molestes al doctor!, -gritó uno de ellos revolver en mano.
-¡Ahijuna gran siete!, -contestó mi padre –mandan comadrejas a frenar potros… ¡tirate abajo del pescante Guri! -me dijo a la vez que con su mano me tomaba de la parte de atrás del cuello de la camisa y resguardaba en el hueco del sulky.
Con el corazón repiqueteando vi como ese hombre de sesenta y tres años cobró la agilidad de un adolescente y a pecho descubierto revolver en mano, parado sobre el carruaje, disparaba sobre aquellos extraños, quienes a su vez hicieron los mismo.
Me tapé los oídos y cerré los ojos que abrí solo cuando escuché la voz encendida de Don Roque gritando:
-¡Corran malandras!... ¡a esconderse en la madriguera!.
Entendí que la batalla había concluido. Don Roque bajó del sulky. Con una linterna revisó al “Ñato” y luego se alumbró el brazo derecho. La campera tenía un agujero. Introdujo su mano izquierda en el lugar y la sacó con sangre. Mi padre estaba herido. No obstante, subió y arrancó sin decir palabra alguna.
Al llegar bajó y me ayudó a descender. Colocó su mano en mi cabeza y me dijo:
-No contés nada. ¿Estamos?, -Si, papá, -contesté.
Avancé hacia la pieza y le pregunté:
-¿Te duele?
-Un poco… andá a dormir.
Al domingo siguiente fueron los sufragios. El partido alentado por mi padre y Don Julio ganó las elecciones. Sin embargo las promesas de los candidatos locales nunca se cumplieron.
A Don Julio le quedaron los fiados de los políticos de turno y a Don Roque… un tiro de revolver en el brazo derecho.
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| Enviado por joaquinpoeta-01. (13/07/2008) |
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13/07/2008 |
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619 |
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8.5/10 |
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| CITA |
El mejor automovilista es aquél que conduce con imaginación...imagina que su familia va con él en el coche (Henry Ford) (Citas)
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