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Nubes |
Harmonie Botella |
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Nubes de algodón. Nubes de niebla. Nubes de niebla y algodón. Mis oídos y mi mente rebozan de algodón, niebla y nubes. Estoy envuelto en la lana blanca de las ovejas de mi abuela. Nada llega a mí. No existo. No tengo que afrontar la vida.
Tumbado en el sillón, oigo las noticias. Me adormecen y se mezclan con mis pensamientos desordenados. No sé si la guerra de Kosovo ha ocurrido en otro país, en Campello ó en mi mente. Noto el terremoto de Méjico sacudir mi cerebro. Pero no pasa nada. En cuanto el presentador anuncie otra desgracia, habrán finalizado las guerras, los terremotos y las dictaduras.
Mi cuerpo se desvanece. Ya estoy casi inconsciente. Me parece que estoy flotando en el limbo. No es el limbo. Me vuelve a doler el corazón. Me duele el alma y no consigo escaparme hacia los paraísos artificiales. Estoy nadando dentro de un sudor asqueroso que podría ser él de este monstruo que me persigue desde hace varios meses. Quiero coger un pañuelo para limpiarme la frente y la cara. Lo único que consigo alcanzar es un trapo que está tirado en el suelo. Me lo paso por los brazos. Cuando lo acerco a mi rostro, me percato de que está ensangrentado. Miro más detenidamente. Están las cuentas de la fábrica impresa en la prenda y sangrando al igual que sangran mi corazón, mi alma.
Nunca podré escapar. He huido. Estoy casi a dos mil kilómetros de mi pesadilla y ésta me persigue. A pesar de los frascos y frascos de barbitúricos que tomé para olvidar, cada día el monstruo se hace presente para que recuerde. Que recuerde. Que recuerde a los cincuenta obreros, a los seis administrativos que van a encontrarse sin trabajo, a mi padre que levantó la empresa con mucho sacrificio, a mi madre que se morirá de dolor cuando encuentre, yo, la fuerza, el valor de tomarme varias cajas de neurolépticos de un tirón.
La bestia está ahí asomándose a mi cuerpo, a mi mente una vez más. No la puedo controlar. Es más fuerte que yo. En cuanto se acerca a mí, en cuanto su peso oprime mi pecho, me asfixia, ocupa mi cerebro, empiezan a descomponerse mis intestinos, mi estómago. Noto como la podredumbre, el veneno se escapa por el último orificio de mi cuerpo. Estoy en la antesala de la muerte. Me voy vaciando. No puedo cortar los efluvios apestosos que salen de mí. Las arcadas de mi estómago me duelen hasta producirme calambres en la médula.
No puedo seguir. Si este es el principio de la muerte, quiero morirme ya. Me doy asco. Tengo el aspecto de un cadáver amarillo que va derramando a su paso el flujo maloliente de las alcantarillas.
Si me tomo ahora cinco o seis pastillas, voy a poder engañar durante unas horas a la bestia. Pondré otra vez la tele, las telenovelas y los informativos llenaran mi cerebro y ahuyentarán mis pensamientos durante unos instantes.
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| (11/02/2002) |
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| Fecha: |
11/02/2002 |
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9713 |
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4.3/10 |
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| CITA |
Todos los animales son iguales, pero algunos más iguales que los demás. (George Orwell) (Citas)
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