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Caperucita |
Harmonie Botella |
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El sol quemaba. Los cuerpos se derretían. El estar a remojo todo el día en la piscina o en la playa era la única solución para no morir de calor. La vida avanzaba con dificultad. Cualquier gesto, cualquier movimiento era agotador.
Sonó el teléfono y Caperucita (así la llamaban todos por su afán en llevar gorras deportivas) descolgó. Era otra vez la pesada de su abuela. Siempre le faltaba algo de la compra y a Caperucita le tocaba desplazarse para llevarle el pan, el agua o la leche. Lo hacía con desgana y por obligación. Si no hacía estos recaditos sus padres la castigaban. No podía ver la tele ni jugar con la Play-Station.
La abuela era muy rica pero le encantaba comprar todas las nuevas ofertas del supermercado. Si el arroz bajaba tres pesetas, pues, ella compraba varios kilos. Ese día el supermercado ofrecía la miel y las galletas a unos precios bajísimos, pero como hacía tanto calor en la calle y el aire acondicionado funcionaba de maravillas en su chalet la abuelita no tenía ganas de salir. Le dijo a su nieta que le trajera cuatro kilos de galletas y quince tarros de miel. Caperucita estaba muy disgustada. Al trabajar sus padres no tenía ningún modo de locomoción para transportar tantas compras. A lo mejor alguna vecina podría acercarla a casa de la abuelita. Pero en el supermercado no vio a ninguna conocida que pudiese ayudarle.
Estuvo un buen rato pensando como podría hacer para llevar tanto peso cuando de repente apareció Miguel, el chico más guapo de su urbanización. Todas se morían de envidia por subirse en su coche para dar una vuelta. Y todas tenían prohibido por sus padres mantener cualquier tipo de relación con él. Los padres chismorreaban que algo sucio llevaba entre manos ese chico, mejor dicho ese hombre, para llevar un tren de vida tan elevado y estar en el paro. Entraba y salía mucha gente de su bungalow, tanto de día como de noche.
El deslumbrante Miguel se acercó y le preguntó dónde iba con su carrito de la compra. Caperucita no supo que contestarle. Se quedó atontada mirando sus ojos, sus dientes, su pelo, sus manos… Miguel podría ser el hombre de su vida si sus padres no fuesen tan quisquillosos a la hora de juzgar las relaciones de Caperucita.
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| (11/01/2002) |
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| Fecha: |
11/01/2002 |
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9970 |
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7.3/10 |
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| CITA |
El valor del matrimonio no reside en que los adultos hagan niños; si no en que los niños hagan adultos. (Peter De Vries) (Citas)
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