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El Convento de Santa Catalina |
macaco |
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Suelo pecar de suspicaz cuando las situaciones generan desacuerdo o incongruencia, sobre todo si mi paciencia pretende ser excedida. Pero es de esperarse, que a un lugar diseñado para recibir a reyes y mandatarios, con una cartera de clientes, principalmente extranjeros, le resulte extraño y riesgoso, albergar a una familia con niños pequeños. Pero yo estaba decidido a terminar el día con la entereza con la que lo había iniciado por lo que alenté a mi familia a recorrer las largas galerías y explorar hasta el último rincón del convento.
La enorme capilla que seguía al jardín, se encontraba preparada para un banquete. Asumí que servía como centro para eventos especiales como bodas o graduaciones. Esta situación también podría justificar la falta de atención en el área del restaurante. A fin de cuentas, con justificación o no, solo quedaba esperar.
La cúpula de la capilla que mostraba en lo alto una cruz metálica, era de las pocas estructuras que contrastaba con el patrón lineal del edificio. Las habitaciones, que se extendían paralelamente sobre los pasillos, posiblemente correspondían a las antiguas celdas de las monjas y estaban adaptadas para recibir a los visitantes. Dudé en subir las escaleras al segundo piso debido a la escasa visibilidad, preocupado por la seguridad de mis hijos. Fue doloroso subir los escalones irregulares porque no se podía lograr establecer una correcta coordinación en nuestras cansadas piernas. Fue como cuando recorres un centro comercial entre la multitud, dando traspiés y manteniendo un andar mas corto que el largo de tus pies.
El segundo piso albergaba más habitaciones que lucían tenebrosas ante la tenue luz y parpadeaban como cirios enmarcando un altar. Caminamos por los corredores tratando de guardar silencio para disfrutar la individualidad de nuestras pisadas. La sensación de soledad y silencio que se generaba, lograba intimidar mi valentía. Fue entonces, cuando caminábamos por el pasillo cercano a una de las escaleras de acceso, que ocurrió el encuentro inicial.
En primera instancia, creí que se trataba de un simple altar. Pero tenía las dimensiones de un cuarto pequeño a donde solo podía acceder una persona de un metro y medio de estatura, según pude considerar. Al fondo del cuarto, discretamente adornado con arreglos florales, se podía apreciar una figura femenina apenas iluminada por la luz de dos velas. Un escalofrío recorrió mi espalda al mirar el reclinatorio de madera labrada que se encontraba delante de la escultura. Nadie se encontraba dentro pero sentí la incomodidad de haber sido inoportuno.
- ¡Que tontería! – pensé mientras mentalmente argumentaba que seguramente la pequeña capilla sirvió para oración individual, pero que ahora era parte del legado del convento. Miré entonces la representación escultórica de Santa Catalina. Se lograba apreciar a la virgen vestida con una manta blanca y cubierta por un largo velo de color negro con encajes brillantes. La virgen sostenía un crucifijo y su actitud denotaba piedad. Nos acercamos sin emitir palabra alguna, con la prudencia que provoca la falta de certeza de si era permitido entrar a la capilla. Fue entonces cuando mi hija, de apenas 6 años, contuvo mi cuerpo con ambas manos y después de captar mi atención me dijo:
- Shssstt…papá, la señorita… -
Su rostro se había iluminado de felicidad y sonreía con gentileza, como si se sintiera observada. Movió inicialmente su mano derecha colocando su dedo índice frente a su boca como señal de silencio. Luego movió sus manos y las unió sobre su pecho inclinado levemente su cabeza hacia delante. La observé sorprendido para luego girar mi cuerpo hacia la izquierda buscando a mi esposa, quien mostraba una sonrisa nerviosa. Después de una mirada de súplica, atinó a dar dos pasos al frente pero mi hija la contuvo:
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| Enviado por Martin2008. (14/05/2008) |
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14/05/2008 |
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El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres. (Kark Kraus) (Citas)
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