Lo primero que hay que plantearse es investigar, junto con el médico o ginecólogo, posibles desórdenes orgánicos, o un fuerte estrés por razones de trabajo o las que sean. Pero en el deseo sexual interviene algo más que las hormonas, puede verse afectado por conflictos de pareja, ira reprimida, confianza traicionada, estrés, ansiedad, depresión, responsabilidad laboral, responsabilidad paternal, percepción del propio cuerpo, y muchos otros factores. Es importante ver si de verdad ha caído tanto ese deseo, comparándolo con el de la fase de estabilidad de pareja posterior a la de enamoramiento. Si no hay tanta diferencia, quizá el problema es de apetitos sexuales por naturaleza diferentes, algo que debería haberse visto hace tiempo, y que en todo caso puede haber que aceptar y mirar de converger o “pactar” un poco.
A veces se oyen expresiones del tipo "no me pasa nada, sólo que no me apetece", lo cual puede significar cosas bastante opuestas: algo pasa, y se ha perdido el deseo hacia la pareja pero quizá no la capacidad para el deseo sexual. Los motivos de ese desinterés pueden a su vez ser muy variados, incluso estar fuera del ámbito conyugal o doméstico: el trabajo, el dinero, las deudas, la familia, una adicción, una enfermedad,... A menudo el primer problema de fondo no es sexual sino de falta de entendimiento o de confianza. Si se intuye un trastorno de pareja profundo y continuado, es aconsejable una terapia de pareja con un profesional, de la escuela cognitiva o de la gestáltica, donde, trabajando mejor con los dos, al principio se elaborará una especie de historia clínica personal, familiar y de pareja/s, indagar sobre las ideas que cada uno tiene de cómo debería ser una relación de pareja, analizar cómo percibe cada uno su propia conducta y la del otro, aislar los ámbitos en que existe mayor desacuerdo (el uso o necesidad del dinero, los hijos, las relaciones sexuales, el tiempo libre, etc.), y mostrar cómo la propia forma de argumentar de cada uno (derrotista, autojustificadora, inculpadora, buscadora de reciprocidad, autoritaria, etc.) puede a veces constituir un freno al cambio necesario. La actitud derrotista, por ejemplo, es bastante común tanto en hombres como en mujeres: "si expreso lo que me insatisface de la relación puede ocurrir algo horrible y por tanto no debo hacerlo", puede llevar a quien la adopta a sufrir ansiedad y temores, o bien a instalarse en una complacencia egocéntrica. En fin, la mayoría de estas actitudes llevan a la instalación de círculos viciosos en la forma de relacionarse, irresolubles muchas veces sin una ayuda profesional.
Deberíais empezar ya, de algún modo, a mejorar vuestra comunicación mútua. Eso significa por ahora dejar un poco de lado la idea del rendimiento o la correspondencia sexual. Puede que uno de los dos se sienta presionado a este respecto. Tal vez se atraviesa una época en que no puede ponerse la energía emocional en la relación, porque está invertida en otras cosas que atenazan, el trabajo o lo que sea. Investigadlo juntos, pero para ello es fundamental no presionarse en lo tocante al sexo. Quizá uno de los dos debe reflexionar si no estará buscando el sexo la mayoría de las veces para aliviar las propias tensiones, lo que provocaría que la pareja se hartase de ser utilizado/a. Hablad de vuestras preocupaciones, sin acusaros y sin tan sólo señalaros, en un estilo impersonal. Hablad también en abstracto de qué entendéis por una relación sexual ideal, entrando incluso en detalles, y atreveos a confesar vuestras fantasías sexuales. Preguntaos de paso si os masturbáis, y de hacerlo proponed alguna sesión para hacerlo juntos, uno viendo al otro. Otros consejos: asumir que todas las parejas atraviesan alguna época de asincronía en el deseo, y que no es ningún desastre ni hay que tomárselo nunca de un modo personal; cuando un compañero reacio muestre interés hacia el sexo, no hay que negárselo ni recordarle actitudes suyas del pasado, al contrario, mostrarse espontáneo, ardiente si así se siente (sin hacer teatro) y atento a sus necesidades; a lo largo del día no dejar de prestar atenciones sensuales, es decir tocar, acariciar, coger la mano o un brazo o un muslo, besar, miradas cómplices, abrazos (tienen un potencial emocional extraordinario), etc., pero esto sin connotaciones sexuales (puede que algún día, más tarde por la noche apetezca ir a más), y cultivad y enriqueced sobre todo vuestros momentos de intimidad, el sexo no es el único modo, ni quizá el mejor, de expresar amor.
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Joan  |
26/01/07 |